Me subo al 132 en la esquina de 27 de febrero e italia. Un frío de cagarse. Poca gente en el bondi. Me siento en uno de los primeros asientos dobles. En vez de ponerme a escuchar el mp3’s me dedico a mirar tranquilamente por la ventanilla.
Un par de cuadras después, sube un hombre de uno 70 años ayudado por una chica de unos 17-18. “Muchas gracias jovencita.” Y ella: “Nooo, poor favoorrr!!”. El tipo era ciego. Le pregunta al chofer si está ocupado el primer asiento, como le contesta que no, se sienta.
Después de acomodarse en el asiento, el viejito extiende la mano y le da algo al chofer. Pensé: “Son monedas. Como sabe que no tiene que pagar viaje porque no puede ver, le da monedas a los choferes. Que groso.”
Al rato el cieguito empieza a charlar con el conductor. Le contaba que una mujer le había dicho: “Tómese un taxi! Con el frío que hace!!”. Ganas de hablar un rato con alguien y nada más. O eso creía. Porque el “invidente” también tenía ganas de hacer reír al otro y se soltó este chiste: “¿Qué hacen 12 pájaros en un árbol?”. El chofer, pensativo, le contesta: “No sé. ¿Qué hacen?”. El viejecillo le contesta: “Una docena.”.
Admito que no me causó gracia, al principio. Después veo al chofer, perplejo, que daba la sensación de no haber entendido el chiste. Pasan unos segundos y el tipo suelta una risa. Una de dos: o no lo entendió al toque o le costaba reírse ante un chiste tan malo. Ahí solté una risa yo.
Paramos en la plaza sarmiento y hacen relevo de conductor. El que estaba le dice al otro: “Boludo, no tenés mi número. Anotá que te lo paso, boludo. Ahh, no sabés lo que pasó el otro día, boludo…”. Una máquina de decir “boludo” era el tipo. Conté 7 en menos de 1 minuto.
Sube el otro chofer y el viejito le extiende la mano para darle lo mismo que le dió al otro. Ahora puedo ver lo que le dió: caramelos alka de mentol. Una atención a nombre del pasajero.
Le cuenta el mismo chiste y al cabo de unos minutos le cuenta este otro: “Una monja se va a Japón y la otra se va a Brasil. ¿Cómo se llaman las monjas?”. El colectivero piensa un rato y le contesta: “Ni idea. ¿Cómo se llaman?”. Por teléfono, contesta el viejo. Nos reímos los 3 al mismo tiempo. “Está bueno ese. Son sanos.” dice el chofer. “Hoy vine hecho un santo”, dice el cieguito.
Ya lo creo.
Un tipo groso el viejito. Porque, a pesar de su ceguera, tenía motivos para estar contento y regalar alegría: dulces y chistes. ¿Qué más se podía pedir en un día tan gris y frío como ese?
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