Bueno, resulta que hoy fui a cortarme el pelo. La peluquera es una mina de 53 años con voz de fumadora que atiende en una peluquería de barrio. También vende ropa.
Todo el instrumental con el que cuenta es una tijera, toallas, baberos gigantes (esos que te ponen para que no te queden los pelos en la ropa), talco, maquinita de cortar y cepillo. Ah, y 2 peines.
“¿Lo querés corto?”, me pregunta. Le digo que no tan corto y le muestro con los dedos lo que serían unos 5 centímetros.
Me rocía agua con el rociador de agua y empieza a cortar.
La primera vez que fui no hablamos demasiado. Esta vez nos pusimos a hablar de política, del negocio, de la situación del país y parece que perdió la noción de lo que estaba cortando.
El resultado fue el siguiente:

Así es. Me dejó el corte de Hillary Swank en la película “Los Muchachos No Lloran”.
Cada vez que me miro al espejo, me río… porque los muchachos no lloran.
Y voy a seguir yendo. Por dos motivos:
1) La variable precio es muy conveniente: $12 el corte de caballero (en este caso, de lesbiana)
2) El factor espacial: me queda a 1 cuadra.
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