Resumen del choclo que está abajo: Voy al otorrino para operarme por el tabique desviado. Me “receta” unos estudios. Descubro que tengo parasistolia. Nada extraño ni alarmante. Relevante solo para mí.
Va a hacer 1 mes desde que fui al otorrinolaringólogo por el tema “napio con respiración dificultosa”.
No, mejor empiezo desde más atrás. Rebobinemos… .sàrta sàm edsed ozeipme rojem, oN. “asotlucifid nòicaripser noc oipan” amet le rop ogològniralonirroto la iuf euq edsde sem 1 recah a aV
Bien, transcurrido el “momento Cablín” procedo a postear con coherencia.
Hace 1 año y medio (poco más, poco menos) estaba en el baño. Recién salía de ducharme. Me seco. Paso la toalla por el espejo para desempañarlo. Me miro y veo que tengo un granito en la frente. Forcejeo un rato con el cuerpo sebáceo hasta que logro vencerlo. Vuelvo a mirar el espejo y noto que el mismo está desmesuradamente más empañado del lado derecho que del izquierdo. Me parece raro. Apoyo la nariz. Espiro y compruebo que respiro en forma asquerosamente desproporcionada. No le doy bola. En ese momento pensé que podía tener un poco tapada la nariz con moco.
Pasan 6 meses. Casi la misma situación. Otra vez el vidrio desmesuradamente empañado del lado derecho y casi nada del izquierdo. “Esto es un caso para el otorrino”, pienso para mis afueras.
Pasa 1 semana. Saco turno con el médico especialista en estos casos. Me revisa y dice: “Tenés el tabique re desviado. Vamos a sacar una plaquita para confirmar”. Sí, está bien, aprovechá que total garpa la obra social. Efectivamente comprueba lo que ya sabía. Me receta un spray para “reducir la inflamación”. 1 mes de tratamiento. “De última, te operás y listo.”, dice. Es rápido, práctico y fácil. 1,2,3 out!. Me voy caminando a mi casa, con el diagnóstico dando vueltas en el bocho.
Vuelvo al otro mes. Entre pitos y flautas salgo del consultorio con otro spray recetado en el bolsillo. Ya empiezo a pensar que me está jodiendo. A pesar de eso, sigo el tratamiento religiosamente como un perejil. Todas las noches, una aspirada por fosa nasal.
Transcurren unos meses. Hinchado las bolas y decidido a operarme busco otro médico. Consigo turno rápido gracias a la obra social. Era para un martes a las 10 de la mañana o algo así. La clínica estaba en el Bv. Oroño al 1100. Antiquísima casona de estilo colonial (a mi parecer). Espacios amplios, mesas y sillones de madera muy ornamentados, señalética viejísima. Me anuncio en la recepción.
Yo: – “Buenos días. Estoy buscando al Dr. X. Tengo turno para las 10 y media.”
Secretaria: -”Bien. ¿Qué obra social tiene?”
Bla, bla, bla. Me siento. Espero 25 minutos. Se abre la puerta del consultorio, sale el doctor y dice “Fornero?”. Paso, lo saludo. El ambiente es inmenso, el escritorio también. El instrumental (el asiento reclinado, casquito con luz, etc) es igual de antiguo que el resto del lugar. Me revisa. Me dice que lo tengo super desviado. Le comento el tratamiento que hice. Lo critica, no lo puede creer. “Sacate una placa y hacete esto otro”.
Vuelvo a la semana, acompañado con “el negro” (fiel amigo). Radiografía boca abajo. Después, el tordo me mete una camarita en la nariz. Bien hasta el fondo. Casi le estornudo en la cara. “Bueno, pibe. Lo tenés muy desviado. No es nada grave, podés vivir con esto pero si querés te podés operar”. Le digo que sí, que me diga cómo es la onda y cuándo está disponible. Basicamente la intervención quirúrgica es un trámite: “Entrás por la mañana, te vas a la tarde. Es con anestesia total. Estás taponado por 2 días y después 7 días de reposo. Sin cicatrices ni nada. Ni bien te saquen los tapones vas a sentir la diferencia”. Sonrío. Hago un chiste o comento algo gracioso. Me receta un electrocardiograma para verificar que esté apto para la anestesia.
Pasa 1 día o 2. Pido turno para el electro. Me lo hace un cardiólogo de unos 70 años. De ojos claros, calvo, fanático del rugby (platos con inscripciones de la IRB y del “club Duendes” colgados en la pared, corbata con el loguito de los pumas bordado y toda la bola), emana un ligero olor a… viejo. No se me ocurre otra palabra. Es ese olor como a piel muerta y a apio. Hasta ahora no encontré mejor manera de describirlo.
En fin, me desvisto de la cintura para arriba y me acuesto mirando al techo en la camilla. Me pone un gel y los electrodos. Prende la máquina. Pasan 3 o 4 minutos. Apaga la máquina, me saca los electrodos y me da una toallita de papel madera para sacarme el gel. “Bueno”, dice, “acá noto una extra sístole (señalándomelo en el electro). Vamos a hacer unos estudios para comprobar esto. No es nada grave, es común. Pero si no pido que te hagan los estudios el anestesista no va a querer hacer lo suyo.”
A la semana siguiente vuelvo al sanatorio para hacerme una ergometría y un ecocardiograma. Me atienden al toque. Una mujer de unos 50 y pico me hace el eco. La acompaña el médico que me va a hacer la ergometría. Ella le explica unas cosas. Parece una sana relación entre dos colegas. La personalidad de él me recuerda a un profesor de filosofía que tuve en la facultad. Paso a la habitación contigua. Me quedo en cuero. El tipo me pone gel, unos electrodos y una faja. Empiezo a caminar. Después sube gradualmente la velocidad. Estoy trotando. Pasan 7 minutos desde que comenzó a funcionar la máquina. Transpiro como chivo. Me pregunta si estoy cansado, le digo: “Un poco”. Mierda que un poco!, ya tenía las patas que no me daban más y la respiración entrecortada. De a poco baja la velocidad. Finalmente para y me siento. Me toma la presión. Bajo de la cinta y paso un bañito donde me lavo la cara y me seco. Mi vieja me ayuda a secar la espalda. Tengo transpirado hasta el ojete. “Para mañana a la tarde tenés los resultados”, dice y me retiro.
Mientras espero para sacar turno con el cardiólogo, veo otros pacientes que esperan para una ergometría. Todos muchos más vivos que yo: tienen joggins y zapatillas de correr. Muy distinto a mis jeans y zapatillas de lona. Afuera, el frío se hace sentir en mi nuca mojada por la transpiración atrapada en el pelo.
Pasan 2 días y vuelvo al tordo rugbier. Ve los estudios, los cuales confirman su diagnóstico. Es una extra sístole o parasistolia: Alteración en el ritmo cardiaco que se caracteriza por la competencia entre dos focos distintos (generalmente el nodo sinusal y un foco ectópico), que inician de manera independiente impulsos cardiacos a ritmos diferentes (según esta página). Digamos que estos focos son ansiosos y no pueden esperar a que el otro empiece para empezar a latir. Casi igual de ansiosos que el dueño.
En fiinnn, el vejete me vuelve a decir que no es algo grave, que es algo común, que le alegra darme una buena noticia y que tenga buen día.
A la fecha, sigo con la nariz intacta. En unos días voy de vuelta al médico de las narices para fijar fecha.
Me operan el 1° de julio. Tengo que estar 1 semana tranqui, en reposo y 1 mes sin actividad física ni pucho.
En caso que no despierte de la anestesia, escribo mis últimas palabras: Gracias por seguirme hasta acá.
Etiquetas: de la vida, desviación, desviado, doctor, extra sístole, napio, nasal, parasistolia, tabique

Junio 4, 2008 a las 1:29 am |
hey enfermo como andas, habla nicolas zancocchia de la secundaria, muy bueno el sitio, y este post la rompio, es mas crteo que tengo lo mismo y no me animo a ir al medico. Pasate por mi blog, que es de diseño y publicidad y giladas varias. Y vamos a ver cuando hacemos algo. Suerte. Nos vemos
Octubre 5, 2008 a las 8:28 pm |
[...] Crónica de un tabique desviado Este post retoma lo que empecé a escribir en el post “una cosa lleva a la otra“. [...]
Marzo 25, 2009 a las 12:35 pm |
Bueno espero estés mejor y me interesé porque mi hijo de 15 años tiene
lo mismo
Te mandaron tratamiento para la parasistolia?
Gracias